Los problemas de España para afrontar el hecho colonial

Tras la honda crisis que supone el Desastre de 1898, Marruecos era para un sector de la clase dirigente el bálsamo regenerador de todos los problemas de la nación. Se pensaba que iba a permitir recuperar el orgullo nacional, tocado tras la humillante derrota ante los Estados Unidos, y no quedar así excluída del círculo internacional, ser un nuevo campo de acción para el frustrado y peligroso ejército y sobre todo aunar a la nación en un sentimiento colectivo de patriotismo y religiosidad, más propio de las guerras de religión del medioevo contra el infiel, y todo gracias a una acción militar con costes mínimos.

Se entablaba así todo un proceso de negociaciones y pactos entre las potencias europeas que culminarían el 1912 con la concesión de una pequeña franja al Norte del Imperio Xerifiano (Rif) y otra en el extremo suroriental (Sáhara).

Pero la España de principios de siglo no estaba preparada, ni física ni psíquicamente para afrontar una aventura colonial, por modesta que ésta fuera. No se daban ni las estructuras socioeconómicas ni ideológicas que nos permitiesen hablar de una verdadera política colonial. Para comprender mejor esta situación analicemos el posicionamiento de tres elementos, a mi entender determinantes, ante el tema marroquí, como son el capitalismo español, el ejército y la opinión pública.

El gran capital, el mundo de las finanzas y la gran industria, desencadenante y motor del imperialismo europeo de finales del siglo XIX, estaba en España en fase de consolidación y no se mostraba muy interesado en las hipotéticas y más que dudosas riquezas que ofrecía el Norte de Marruecos. Esto explicaría la ineficacia del inoperante lobby africanista español, incapaz de capitalizar e impulsar, tal y como había hecho su homónimo francés3, la conquista de Marruecos.

Por su parte el ejército español de principios del siglo XX poco tenía que ver con la moderna maquinaria de guerra alemana, británica o francesa. Era el nuestro un ejército con una estructura y una organización desfasada, no apta para la guerra exterior (como lo demuestra la fulgurante derrota ante los Estados Unidos), con una hipertrofia de la proporción de oficiales en relación con la de soldados de tropa (de uno a cuatro), que hipotecaba buena parte de su presupuesto sólo en sueldos, deficientemente equipado y entrenado, corrupto e ineficiente. El ejército español estaba necesitado de una reforma imperiosa que lo modernizara y lo adecuara a los tiempos modernos, pero que nadie se atrevía a realizar4, no sólo por el esfuerzo presupuestario que ello exigía en un momento de austeridad en la política económica, sino por el miedo a cualquier reacción en contra de un ejército muy sensible a cualquier ataque de la clase política o de la opinión5. Pero a pesar de este estado calamitoso (Payne, p. 136) el estamento militar no desapareció de la escena política española, sino que al contrario, acentuó, con el transcurso de los años, su protagonismo en la misma. El aumento de las tensiones socioeconómicas y la creciente movilización del sector obrero lo convirtieron en el garante del orden público interno.

Este era a grandes rasgos el ejército que debía enfrentarse a una guerra colonial, en la que estaban en juego por encima de las supuestas riquezas del Rif, "el recuperar el honor del ejército y la dignidad de la nación" (Bachoud,1988, p. 131), sin contar para ello con el apoyo necesario de un Gobierno, presa de sus propias contradicciones internas, que no contaba con una estrategia clara de conquista y que improvisaba y navegaba a la deriva dentro de los límites impuestos por las dificultades económicas y políticas, mostrándose incapaz de tomar cualquier decisión clara y sobretodo continuada, con lo cual la historia de nuestra intervención en Marruecos es hasta la pacificación final en 1927, un reguero de combates dispersos a un alto coste económico y humano y con unos resultados ínfimos.

Careciendo, además, del consenso unánime de la población, contraria en buena parte a los gastos e inútiles sacrificios de vidas humanas, que nada les reportaba a no ser nuevos impuestos y la sustracción de sus hijos. Las manifestaciones y los tumultos que se desencadenaron como protesta a nuestra intervención en Marruecos pueden ser percibidas como la expresión política de unas masas privadas por el régimen de la restauración de otra vía para manifestar su opinión. Con todo es difícil, como indica Bachoud, separar en esta agitación generalizada que se produce a partir de 1909 lo que sería propio de la guerra marroquí de lo que pertenecería a otras reivindicaciones de índole social, económica, política o religiosa. A mi modo de ver y entender la Guerra marroquí llevaba implícitos una serie de temas ante los que la población se mostraba especialmente sensibilizada: percepción de una guerra cuya única finalidad es defender los intereses económicos de unos cuantos capitalistas, el protagonismo cada día mayor del ejército, la desigualdad en el reclutamiento6, agravado por la inexistencia de un ejército colonial nativo que obligaba a tener sobre el terreno un ejército de reclutas7, etc. Todo ello hacía converger en esta guerra todo el resto de frustraciones y reivindicaciones de la población.